Mi primera vez como psicóloga

En este post me gustaría sincerarme y hablaros sobre mi primera experiencia como psicóloga.

Hace ya bastantes años que tuve a mi primer paciente. Y es que, como todos los profesionales de cualquier sector, alguna vez hemos tenido que empezar.

 

En mi caso y aunque hace ya bastantes años, recuerdo perfectamente a esta persona y su historia.

He de decir que para todo psicólogo hay casos que marcan más que otros. Y aunque seamos nosotros los que ayudamos al paciente, también aprendemos de ellos. En mi caso, este primer paciente marcó un antes y un después en mí como profesional y siempre me acuerdo de esta persona cuando empiezo a trabajar con alguien nuevo.

Mi primer día

Recuerdo que me había preparado la sesión con un montón de papeles para hacer esa primera entrevista. Decenas de preguntas escritas, registros, apuntes de la carrera y no se cuántas cosas más esparcidas por mi mesa. De repente, allí estaba, tomando asiento en mi consulta frente a mí.

Normalmente, es el paciente quien llega nervioso a la consulta porque no sabe qué le van a preguntar ni qué se va a encontrar. Pero los psicólogos también tenemos nuestras dudas y cierto nerviosismo en esa primera sesión. Aunque a medida que vamos adquiriendo experiencia lo vamos disimulando mejor.

Pero ese día, recuerdo que me sudaban las manos y me costaba tragar saliva. Un montón de preguntas atormentaban mi mente: ¿Notará mi nerviosismo?, ¿y si se me olvida qué preguntar?, ¿sabré entablar lo que en la carrera llaman «una buena alianza terapéutica»?.

Anteriormente, durante mis prácticas, siempre había estado rodeada y protegida por mis tutores. Sin embargo, no es lo mismo ver los toros desde la barrera que torear a solas. Así que allí estaba yo, sola, sin nadie que me diera palmaditas en la espalda o que me indicara el camino a seguir.

Mi crecimiento como psicóloga

El caso es que a la semana siguiente mi paciente apareció de nuevo por la consulta. Pensé que quizá no notó mi nerviosismo, que pude entablar esa buena relación terapéutica y que no se me olvidó ninguna pregunta importante.

La terapia iba avanzando y veía con mis propios ojos los resultados de todo lo que me habían contado durante la carrera. Mi paciente estaba mejorando, las técnicas que me habían enseñado a utilizar funcionaban y eso me hizo creer en mi misma como ninguna otra cosa lo había hecho antes.

Saber que podía y que sabía hacer bien mi trabajo y que además servía para ayudar a los demás me hizo sentir una privilegiada. Me dí cuenta de que me gustaba lo que hacía, que me sentía bien ejerciendo esa profesión para la que me había formado y que tanto esfuerzo me costó. Disfrutaba también de los avances que mi paciente con su gran trabajo lograba.

Pero no fue eso lo que removió algo en mi interior.

Un antes y un después

Lo que verdaderamente marcó un antes y un después en mi profesión como psicóloga fue la primera vez que mi paciente rompió a llorar delante de mí, sin apenas conocerme.

Durante la carrera ya me habían hablado de esos momentos, de cómo debe actuar un buen profesional en estos casos, de la empatía, la alianza terapéutica y un montón de tecnicismos con los que no os quiero aburrir ahora.

Sabía que tarde o temprano se iba a dar el caso de que alguien llorara en mi consulta y sabía qué debía y qué no debía hacer. Qué ingenua era, ya que una cosa es lo que te cuentan en la carrera y otra cosa es vivir la experiencia.

Fue en ese preciso instante cuando fui plenamente consciente de la responsabilidad que recaía sobre mí. En ese momento me di cuenta de que la persona que estaba sentada frente a mí, realmente estaba pasando por un mal momento en su vida, estaba sufriendo y acudió a mí como último recurso ante tal desesperación.

Confió en mí y se puso en mis manos. Yo era la única responsable de hacer bien mi trabajo y supe entonces que de ello dependía el bienestar psicológico de mis pacientes.

Creo que ese día empecé a ser psicóloga de verdad.

Siempre recordaré y agradeceré esa primera vez

 

Por eso, uno de mis objetivos es trabajar desde la excelencia, dar lo mejor que pueda en cada caso. Y por eso, siempre que empiezo con alguien nuevo recuerdo a esa primera persona que me hizo ser mejor profesional.

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